No existe mayor soledad que la soledad de las aulas sin alumnos. Dejan de ser aulas y se convierten en espacios oscuros y despojados, como si una oleada inesperada se hubiese llevado consigo el sentido de su ser, junto con los libros, los cuadernos, los bolígrafos y tantas y tantas horas de estudio y de experiencias.
Los que no idolatramos el verano ni sus largas vacaciones escolares, sintiéndolas solo como una necesidad y no como un deseo, vivimos el mes de junio con un sabor ciertamente agridulce, sabiendo que nunca más volverás a ver a algunos de aquellos chavales entrañables, amables y sensibles que te regalaron su tiempo, su aprecio y su atención, con los que compartiste madrugones quebrando las coplas de Manrique, sonetos de poesía lírica a lágrima viva, la gloria de la batalla de Stalingrado y un hatillo lleno de recuerdos comunes.
Te queda eso, la memoria de lo feliz que fuiste rodeado de seres que viven alimentándote de su pleno vivir en flor, sin pagar facturas y sin echar la vista atrás, porque aún les queda casi todo su camino.
Bien sabes que aquellos que encendieron en ti clase a clase esa fatua llama de una retomada adolescencia ya perdida, dejada atrás hace ya unos cuantos veranos, quedarán para siempre entre los restos de tiza de la nostalgia.
Muchos somos profesores porque ansiamos ser eternos camaleones que vuelven a partir de septiembre por las mañanas a un paraíso vital perdido, mientras contamos ya por decenas los años en que nosotros ocupábamos esos pupitres.
Quizá para retomar aquellos días azules que quedaron atrás, aquellas adolescentes mariposas en el estómago cuando pasaba a tu lado esa rubia de 4º que jugaba al baloncesto o tal vez para sanar con uno mismo las heridas del alma aún abiertas.
La juventud al fin y al cabo es el paraíso de las primeras veces, esa libertad que huele en el recreo a bocadillos de Nocilla preparados por los abuelos, esas hojas de cuaderno subrayadas y esas agendas que orillan el fin de curso llenitas de corazones dibujados.
El estío ya está aquí, con sus pantalones cortos, sus largas noches y con sus calurosos días. El verano pasará y llegará más pronto que tarde otro nuevo curso, otro nuevo pasaje de este cuaderno, no sin antes ver la piel recién tostada de mi Cristina y a mis hijos envueltos en arena bajo los atardeceres rojos de mi amado Sanlúcar de Barrameda.
Junio del 2026. Emilio Roldán.
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